Como hemos visto en otras notas y cápsulas, el sello Alerce jugó durante la Dictadura un papel crucial en el registro y difusión de la Nueva Canción Chilena, el Canto Nuevo y la Nueva Trova Cubana. Todas ellas músicas que ocupaban preferentemente instrumentos acústicos, con un fuerte rescate de las raíces latinoamericanas, folklóricas y populares, y con un contenido social (e incluso político) entonado por voces melódicas, ocasionalmente armonizadas a niveles incluso corales.
Sin embargo, también hemos señalado que la compañía fundada por Ricardo García en 1975, vivió desde mediados de los ‘80 una incipiente apertura en relación a las músicas que solía producir y difundir, interesándose por propuestas que para esa época -y sobre todo para la línea editorial que venía trabajando- resultaban al menos innovadoras o vanguardistas.
Corazón Rebelde, Fulano, Congreso, Compañero de Viajes y De Kiruza, fueron parte de esa primera incursión de la discográfica mencionada. Oído a la distancia, el sonido presente en esas apuestas estuvo definido, paradójicamente, por la indefinición que provoca la mezcla de géneros, no sólo dentro del repertorio de una banda, sino también dentro de una misma canción. Rock, reggae, jazz, ritmos latinoamericanos y guiños al continente africano, fueron los condimentos presentes desde la segunda mitad de los ’80, y que se vieron ampliados en los primeros ’90 con bandas como Sexual Democracia y el trabajo de Joe Vasconcellos (ex Congreso).
Poco más tarde, cuando Alerce desarrolló su proyecto “Un compromiso con el rock chileno” (hacia 1992 y 1993), revalidó esa apuesta contratando bandas que, a ojos y oídos de cultores más rigurosos, no encajaban del todo en el concepto ‘Rock’. Panteras Negras y La Pozze Latina, de hecho, cultivaban el rap mezclado con elementos locales y músicas de sabor latino, sobre todo en el segundo caso. Al respecto, Jimmy Fernández (voz en La Pozze Latina) recordó para este estudio que un viaje a Italia y Alemania realizado en 1992, le enseñó mucho sobre lo que se estaba haciendo musicalmente con el rap y las fusiones, dejando su huella en lo que sería su primera producción, Pozzeídos por la ilusión (Alerce, 1993): “influenció lo que yo estaba haciendo, y al final fue eso lo que salió en el primer disco de La Pozze Latina: hartas tendencias musicales. Al final ese disco es súper experimental, por decirlo de alguna manera, trata de fusionar un montón de cosas que nos llamaban la atención”.
Los Miserables, en tanto, aunque eran reconocidos como una banda punk rock, acudían al regga, al ska y por momentos al rock and roll y al twist, mientras en otros pasajes nos acercamos a un rock más pesado. Incluso la banda BBS Paranoicos, cultores de un punk melódico, llamaron la atención en Alerce por una canción en clave ska, titulada “Skasi un chiste que te maten por la patria”.
Ya en tiempos del proyecto Nuevo Rock Chileno, las hibridaciones musicales fueron la tónica, con bandas como Ludwig Band, Lafloripondio, Los Morton y Chancho en Piedra. De acuerdo a las palabras que compartieron algunos de sus integrantes para esta investigación, esas mezclas fueron deliberadamente buscadas, tal como recordó Fritz (baterista de Lafloripondio): “no queríamos ser como el resto, queríamos ser diferentes, entonces todo lo que hacíamos era con esa intención de mostrar una particularidad, de resistirnos a ser parte de algún movimiento predeterminado. No queríamos ser ni new wave, ni punk, ni metalero, ni funk, ni una hueá, queríamos ser distintos. Creo yo que había como un afán de crear indeterminación, que no pudiese decirse… que hubiese una duda, ‘¿oye y qué es esto?’, eso es la raja, que la gente pudiese quedar así como… que le costara clasificar: eso es lo que buscábamos”.
Pelao, bajista del grupo Los Morton, complementa lo anterior subrayando la importancia de bandas angloparlantes como Bad Brains y Fishbone, agrupaciones que años antes habían iniciado el camino de las mixturas, sirviendo de ejemplo a generaciones posteriores: “era como toda la onda que estaba empezando a fines de los ’80 en Estados Unidos”, con bandas que “mezclaban funk con reggae y con hardcore, entonces ahí la gente empezó a mezclar estilos, pero con guitarras poderosas, con harta distorsión”.
Por su parte, Toño (baterista de Chancho en Piedra) señaló que en los ’80, “si bien hubo cosas que rompieron los moldes, en esa época se empezó a hacer esto de imponerle etiquetas a los estilos”, mientras que en los ’90 “se rompió el molde, se empezaron a mezclar diferentes estilos”. De hecho, recordó que en sus inicios solía ir al Paseo Las Palmas a conversar e intercambiar música con cultores de metal, lugar donde también interactuó con personajes más ‘alternativos’, que escuchaban bandas como Red Hot Chili Peppers, Infectious Grooves, Living Colour, Rage Against The Machine y Primus. Por eso es que en los inicios de Chancho en Piedra, “empezamos a mezclar estilos”, volcando los distintos gustos de cada integrante y encontrando los “denominadores comunes que a la hora de componer lograban esta mixtura de ritmos… ‘Ensalada de ritmos’ dijo una vez el Lalo en una entrevista”.
Un hito importante señalado por el baterista recién citado, fue la presentación de Faith No More en el Festival de Viña del Mar (1991), episodio que abrió todo un mundo a mucha gente que no conocía ese estilo de música, incluido él. Una opinión similar tuvo Fernando Mujica, fundador y director de la revista Extravaganza!, para quien Faith No More apareció como “una banda gringa que está mezclando todo, que es una pelá de cable, que es lo que iban a hacer después Los Morton, los Chancho en Piedra”. En términos más amplios, Mujica también recordó cómo los años ’90 se abrían a la posibilidad de fusionar estilos y sonidos: “me gustaba la mezcla, me gustaba cómo los ’90 venían con una cosa que era anti etiqueta, porque la etiqueta [ahora] era mezclar, y sentía que pa allá venía”.
El caso de Malcorazón tal vez sea la excepción, pues en su música no se aprecia el hibridismo recién descrito, y más bien se reconocen las influencias de bandas como The Smiths o Sundays, alineándose a la corriente pop-rock que por entonces se configuraba. De hecho, su circuito fue similar al del grupo Lucybell y Los Tres, de modo que en términos musicales y sonoros, no resulta fácil ligarlos a la línea ‘clásica’ del rock, como tampoco al resto de las bandas del proyecto impulsado por Alerce.
Por eso fue que, a la hora de cubrir el proyecto Nuevo Rock Chileno, y la presentación de sus bandas en el Court Central del Estadio Nacional (16 de diciembre de 1995), la prensa aludiera constantemente a la mezcla de estilos entre las bandas, y de tribus entre la audiencia, como un aspecto característico y novedoso de esa oleada de bandas rock.
Ahora bien, las bandas del Nuevo Rock Chileno, ¿efectivamente hacían “rock”? A simple escucha, y en rigor, la mayoría de las propuestas no se parecía mucho a ese Rock con mayúscula, heredero de una tradición que atravesó décadas bajo nombres como beat, música de vanguardia, hard rock y metal, en todos sus consecutivos matices y respectivos apellidos.
Es cierto que, salvo los raperos, utilizaban la clásica base de batería, bajo y guitarra eléctrica, incluso con distorsiones y efectos que lo acercaban al sonido clásico del rock. No obstante, al mezclarse con otros géneros, ya no sólo pusieron en duda la continuidad del 4/4, sino que también incorporaron sonoridades como los instrumentos de viento (saxo, trompeta, trombón), sintetizadores, samples, cajas de ritmo y percusiones, en respuesta a la fusión con el jazz, funk, reggae, ska, rap y ritmos afroamericanos que ensayaron por entonces. El solo de guitarra no desapareció, pero otros timbres se ofrecieron ahora para ocupar ese lugar, como el del saxofón.
También el uso de la voz dio cuenta de esa versatilidad sonora cultivada en los ’90, pudiendo encontrarse canciones donde se deambula desde un canto melódico, hacia estribillos más carraspeados, por momentos guturales; en otros casos el rapeo reina sobre bases más cercanas al funk-metal; también hubo espacio para la voz con entonación irónica, casi ridícula, en sintonía con la letra cantada.
Por todo lo anterior, y en términos gruesos (con las salvedades señaladas), no es fácil relacionar el sonido del Nuevo Rock Chileno con la línea más ‘clásica’ del rock.
Sin embargo, la deliberada búsqueda de la mezcla puede igualmente ser entendida como rock, sólo que desde una perspectiva que exceda lo estrictamente musical, y se sitúe en un plano más filosófico-cultural. Desde allí se puede proponer que “rock” es un concepto que, desde sus orígenes, envuelve y evoca un gesto de disconformidad, ruptura, rebeldía, confrontación y desobediencia con los moldes, con lo establecido.
En el caso que aquí nos ocupa, es posible sostener que una importante cualidad de las bandas del proyecto Nuevo Rock Chileno, fue justamente romper con los moldes musicales de entonces, y no es casual que ese quiebre haya sido impulsado por músicas que, como el rock, reconocían su matriz profunda en el pueblo negro y su historia de esclavitud, resistencia y liberación. Tanto en el jazz, soul, funk, ska, reggae y rap, estuvo presente en distinto grado una pulsión de rebeldía, y el gesto de ocupar ciertos elementos para fusionarlos con rock, sin duda pudo parecer irrespetuoso para los más fieles defensores de lo ‘clásico’, pero sumamente atractivo para quienes se sentían atrapados en purismos, ortodoxias y etiquetas.
De hecho, un concepto como “rock clásico” resulta algo contradictorio bajo esa mirada, pues nos indica que en algún punto de la historia, cierta manera de tocar música rock fue establecida y avalada como ‘correcta’ por los músicos, la audiencia, los medios y el mercado, hasta volverse ‘la’ forma. Una vez ocurrido aquello, entre las nuevas generaciones se fue incubando la disidencia musical frente a la tradición, borde que daría pie a la formación de movimientos rupturistas frente al inminente estancamiento. No se trata por cierto de un fenómeno nuevo: de algún modo cada vanguardia artística parece estar destinada a volverse tradición y producir sus propios detractores de mediano y largo plazo, los que, a su vez, darán vida a nuevas vanguardias.
De ahí la importancia del sello Alerce y las bandas que integraron el Nuevo Rock Chileno: allí no sólo hubo versos que rompieron los consensos y equilibrios pos dictatoriales, sino que la música, en sí misma, fue un lenguaje desde donde se expresó la disidencia juvenil noventera, incluso frente a las tradiciones formadas al interior de la propia comunidad rockera. “La otra música”, aquella que habita en los bordes, en los márgenes y en los puntos donde éstos se encuentran, tuvo en la discográfica del árbol milenario un lugar para echar raíces y florecer en su diversidad a lo largo de los ’90.
