La última década del siglo XX representó para el rock una diversificación que se evidenció cuando el reggae, la música electrónica, el rap y el funk pasaron a constituir componentes relevantes del género, aspecto que quedó de manifiesto en el crisol de estilos presentes en el proyecto Nuevo Rock Chileno. Esta característica fue posible -al menos en parte importante- gracias a los cambios que la industria musical experimentó durante el mismo período, y al papel que le cupo al sello Alerce en esa historia.
El Nuevo Rock Chileno, sabemos, fue un concepto generado desde la industria, específicamente en el sello Alerce. Formando parte de la esencia de la discográfica aludida, la denominación se enmarcaba en la imagen corporativa generada por éste: “Alerce. La otra música”. El slogan del sello, junto a su símbolo institucional -un alerce talado y otro erguido- aludían a la identidad de la música popular en su dimensión más contestataria y contingente. Allí cabían movimientos musicales (y sociales) que, desde la década de 1970, fueron difundidos por la compañía y tuvieron experiencia social en Chile, como la Nueva Canción Chilena, la Nueva Trova y el Canto Nuevo. Lo “Nuevo” era el paradigma, y en los años ’90, “la otra música” sería el Nuevo Rock Chileno.
Imagen extraída de la tapa del Gran Catálogo, Sello Alerce, Santiago, 1990.
Sin embargo, Alerce era un sello pequeño dentro de la magnitud que la industria musical alcanzó en la década de 1990. Como sabemos, el retorno a la democracia en Chile no significó la revisión del modelo neoliberal instalado en Dictadura, verificándose en la apertura e integración a los marcados externos. Aquello se observó en la progresiva presencia de compañías trasnacionales de la industria musical, ante las cuales la competencia de un sello minor como Alerce era sumamente difícil. La magnitud de EMI, BMG o Warner (con sus filiales de menor envergadura en Latinoamérica), abrumaba la capacidad de iniciativas pequeñas para desarrollarse con efectividad en el mercado. Fernando Mujica, director de la revista Extravaganza!, y destacado actor de la escena musical independiente chilena de fines del siglo XX, señaló en entrevista para esta investigación:
“EMI tenía a Los Tetas, a Joe Vasconcelos; BMG tenía a Javiera Parra, a Nicole; Warner Music se metió con Canal Magdalena, y tenía todo su cuento [con su filial] Bizarro. Acuérdate que su bajada era Bizarro, en cambio la bajada de BMG con México era Culebra. Ahí estaba el Rolando Ramos… Y Alerce seguía solita. Es lo mismo que hoy día las constructoras: tú tienes una constructora pequeña, que puede hacer una construcción por ahí, y una inmobiliaria te construye cuarenta edificios. Así lo veo yo”.
Pese a ello, Alerce tenía algunas ventajas comparativas dentro de la industria, virtudes y fortalezas que lo hacían encarnar efectivamente “la otra música”, y darle un sello de distinción al Nuevo Rock Chileno.
Primero, era un sello cohesionado desde sus inicios (1975) en torno al objetivo central de su fundador, Ricardo García, y que se proyectaría hasta el siglo XXI. Ese objetivo iba más allá del éxito económico: consistía en la construcción de una plataforma de difusión de música popular chilena que diera cuenta de nuestra realidad e identidad. Viviana Larrea, hija del fundador y directora del sello en los ‘90, sostuvo en entrevista para este proyecto:
“Alerce es un espacio de música, donde tiene cabida toda la música chilena -aunque hubo algunas cosas extranjeras también, básicamente Nueva Trova Cubana-, donde tiene cabida lo que va más allá en cuanto a música; lo que es propuesta, imaginación, creatividad, también contingencia, denuncia, política, y además es aquello que es historia musical”.
Esa era, en el fondo, “la otra música” que se afirmaba desde su slogan. Era, por lo mismo, un sello coherente con una opción política y social, lo que implicaba la toma de decisiones que sellos discográficos con exclusivos intereses comerciales no podían (ni querían) asumir.
Esto va de la mano con una segunda fortaleza: Alerce era un sello familiar, en forma y fondo. Como se indicó más atrás, a la muerte de su fundador le sucedió en la dirección su hija Viviana Larrea, mientras su otra hija, Mónica Larrea, se ocupaba de labores relativas al diseño gráfico; Gloria Trumper, viuda del fundador y director, ocupó un rol gerencial. A ese núcleo se sumó Amaro Labra (miembro de Sol y Lluvia, y compañero de Viviana Larrea), Harley Labra y Claudio Gutiérrez, este último fundamental en la apertura del sello hacia el rock.
A partir de esa cualidad, el trabajo en Alerce se basó en la confianza entre todos los actores involucrados, aprovechando al máximo los recursos disponibles, y constituyendo objetivos comunes a todos quienes hacían funcionar la empresa. Esa atmósfera se transmitió a los artistas contratados, quienes advirtieron en las dependencias corporativas un muy buen ambiente de trabajo y condiciones de autonomía ideales para llevar a cabo los distintos proyectos musicales. Fritz (Lafloripondio) y Keko (Los Morton), recordaron en entrevista para este proyecto cómo era ese clima ‘familiar’:
Fritz: “Los sellos grandes como Sony o Universal, todos esos, se veían como cosas internacionales gigantes, que tenían un gerente general, y tenían accionistas que vivían en otros países, entonces a esos locos jamás los ibai a ver, a conocer y menos a hablar con ellos… ¡y menos a tomarte una cerveza en un bar con ellos!, cosa que sí podiai hacer con la gente de Alerce. Como te digo, yo iba a buscar al Harley que trabajaba ahí y nos íbamos a chupar, y ahí seguíamos conversando el tema de la música, del sello, pero estábamos en el subterráneo del ‘Dante’, ¿cachai? La relación era una relación cercana, en el fondo no nos fallábamos porque sentíamos que estábamos en sincronía, teníamos la misma resonancia”.
Keko: “nada que ver a lo que estábamos acostumbrados, una hueá así hablando de cualquier cosa, obviamente de la música, y mucho más cercanos, puta tomándose un tecito, no sé… era otra cosa […] En el fondo te apañaban harto y era como un sello, hueón, así… querendón”.
Un tercer aspecto tiene que ver directamente con lo recién expuesto: los artistas del Nuevo Rock Chileno tuvieron absoluta libertad creativa, de grabación y producción, ciertamente de acuerdo a las posibilidades técnicas que la empresa disponía. Es cierto que hubo experiencias previas al Nuevo Rock Chileno, como la de BBS Paranoicos y la mezcla de su Incierto Final (1993), donde la opinión de los técnicos de Alerce se impuso a la de los integrantes, lo que sin duda generó el malestar de los músicos. Carlos “Ozzo” Kretschmer, bajista de la banda, recordó el episodio en conversación con el equipo:
“Lo mezclaron ellos, a su pinta, entonces un día nos llamaron, nos dijeron que ya, que estaba listo, que avanzáramos sobre la carátula. Escuchamos el disco y no era como nosotros queríamos que fuera po, lo habían cambiado, entonces por ahí no me gustó mucho a mí que hubiesen tenido una actitud así po, de entrada, de hacer la pega sin considerar la opinión de los cabros chicos que lo habían grabado”.
“Pa nosotros era como un tema de respeto, porque era nuestro trabajo, y cómo… cómo alguien de afuera -otra vez lo mismo- iba a entender lo que nosotros queríamos presentar; cómo iba a saber elegir los arreglos que nosotros queríamos destacar, qué guitarras iban más arriba, qué guitarras iban más abajo, o el concepto de sonido que nosotros queríamos, que era un sonido un poco más crudo, un poco más… más sucio que el que finalmente salió. El sonido que lograron fue un sonido más limpio, más liviano, menos pesado, menos corrosivo que lo que nosotros queríamos en ese momento, entonces claro, fue una mezcla más comercial si lo queremos ver de alguna manera”.
No obstante, con la experiencia que otorgan los años, ese tipo de aspectos fue mejorando de tal forma que los registros sonoros, visuales, audiovisuales y el material de apoyo, contaron siempre con la autoría o participación directa del músico, traduciéndose en una música honesta, singular, energética y diversa, todos rasgos patentes y potentes en el Nuevo Rock Chileno. Pelao (Los Morton), Fritz (Lafloripondio) y Toño (Chancho en Piedra), acreditan lo anterior con elocuencia:
Pelao: “La fortaleza del sello Alerce es que permitía que los artistas realizaran su arte libremente, sin controlar nada, era: ‘¿Así es la cosa? Así es’. No… ni un… nada, nada, ni… ni siquiera un ‘no hagan esto’, nada, nada, nada, total libertad, eso es… eso es impagable ah… eso es impagable”.
Fritz: “Alerce tenía facilidad y flexibilidad para dejarte ser más o menos un poco autónomo en las decisiones en cuanto al estilo, porque los otros [sellos] como que eran muy… apadrinaban demasiado”, “te metían la producción musical desde la idea de ellos, entonces Alerce te daba más libertades. Para nosotros era bueno porque no queríamos tener un padrino o un productor musical que nos dijera ‘hagan esta cosa más popera’ o ‘háganlo así’, porque nosotros no queríamos… nunca pensamos en agradar al público, nosotros hacíamos música para agradarnos a nosotros”.
Toño: “Lo más importante es que tenemos la libertad para hacer lo que queramos y decir lo que queramos. Quizás en otros sellos no hubiéramos podido tener el tema “Bailando con la verga afuera”, por ejemplo… Aunque igual lo censuraron, la versión del disco no dice la palabra… Ellos siempre nos apoyaron y no nos pusieron así como trabas para la creación o nuestras ideas locas de videos, o en las presentaciones nos gustaba, no sé po, usar… disfrazarnos y si teníamos… si necesitábamos apoyo ellos igual estaban ahí, pendientes en realidad, y yo creo que a todos los grupos les pasó lo mismo”.
Chancho en Piedra, “Socio” (Peor es mascar lauchas, 1995)
Sin embargo, y a pesar que las grabaciones fueron de excelencia y los técnicos involucrados, de alta capacidad profesional, la escena de la industria musical a fines del siglo XX creaba expectativas en los músicos que un sello pequeño no podía saciar a plenitud. Carlos Necochea, uno de los fundadores del sello, afirmaba:
“Tú tienes que entender que en esa época, y hasta el día de hoy, una compañía de discos te hace un disco a ti, que eres artista de esa compañía, y te hace un video paralelo, y paga cantidades inconmensurables en las televisoras locales o donde sea, para que te difundan el video. Alerce no podía hacer eso, o sea, el gran esfuerzo de hacer el clip ya era tremendo… ¿pero difundirlo, pagar para que lo difundieran…?”
Asuntos como la distribución de la producción a nivel nacional, recursos y contactos para internacionalización de la carrera, presencia en la televisión, elaboración de apoyo audiovisual a través de videoclips u organización de conciertos de gran magnitud, se volvieron pronto tareas muy difíciles para las posibilidades de un sello cuyo objetivo y criterios nunca fueron empresariales, sino sociales (y hasta políticos): apoyar “la otra música”.
Fue en parte por esa responsabilidad para con los músicos, que la discográfica había decidido relacionarse con la transnacional Sony Music, en una alianza estratégica que permitió efectivamente la inyección de recursos para producción, difusión y distribución. La alianza fue producto de una necesidad a la que obligaba el medio, pero la base del acuerdo era Alerce; fue su historia la que sostuvo su música, y su identidad dentro de la industria musical la que proyectó el Nuevo Rock Chileno.
